El conflicto en Oriente Medio comienza a generar repercusiones económicas fuera de la región y América Latina ya percibe sus primeros efectos. En particular, Chile enfrenta un escenario de mayor vulnerabilidad debido a su fuerte dependencia de combustibles importados, lo que podría traducirse en presiones inflacionarias, mayores costos de transporte y volatilidad cambiaria.
La escalada del conflicto en Irán ha incrementado la incertidumbre en los mercados energéticos globales. Uno de los principales focos de preocupación es el estrecho de Ormuz, una de las rutas más estratégicas del comercio mundial de petróleo, por donde circula cerca del 20% del crudo que se consume en el planeta. Cualquier interrupción en ese paso marítimo tiene el potencial de disparar los precios internacionales del petróleo.
Lea también: Venta de vehículos en Chile repunta 6,1% en febrero de 2026 impulsada por los SUV
Para la economía chilena, este escenario resulta particularmente sensible. El país depende casi en su totalidad de la importación de petróleo para cubrir su demanda interna, por lo que un incremento sostenido en el valor del crudo impacta directamente en el costo del transporte, la actividad industrial y la generación de energía. Como consecuencia, los precios de la bencina, el diésel y la logística de distribución de bienes y alimentos tienden a encarecerse.
A la presión energética se suman los efectos financieros derivados de la incertidumbre global. En contextos de tensión geopolítica, los inversionistas suelen refugiarse en activos considerados seguros, especialmente el dólar. Este movimiento fortalece la moneda estadounidense y genera depreciación en las divisas de economías emergentes, incluido el peso chileno, encareciendo aún más las importaciones.
La combinación de petróleo más caro y un dólar fortalecido podría trasladarse rápidamente a los precios internos. En una economía abierta como la chilena, los costos energéticos influyen de forma directa en el valor del transporte, los alimentos y diversos servicios, lo que podría complicar el proceso de moderación inflacionaria que el país venía registrando durante los últimos meses.
Mientras tanto, el impacto en América Latina no será homogéneo. Países exportadores de petróleo como Brasil, Colombia o Venezuela podrían obtener mayores ingresos si el precio internacional del crudo se mantiene elevado. No obstante, incluso en esas economías el encarecimiento del combustible también puede elevar los costos internos de producción y transporte.
Más allá de los efectos inmediatos, la crisis vuelve a evidenciar una debilidad estructural en varias economías latinoamericanas: su alta exposición a las fluctuaciones del mercado energético y a los shocks financieros internacionales. En regiones dependientes del comercio exterior y de las materias primas, las tensiones geopolíticas suelen amplificarse con rapidez.
En el caso de Chile, el escenario reabre el debate sobre la necesidad de acelerar la diversificación de su matriz energética y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados. Mientras el conflicto continúe generando incertidumbre en los mercados globales, sus efectos no solo se reflejarán en la geopolítica, sino también en el precio de los combustibles, el comportamiento del dólar y el costo de vida de los hogares.
Nota Editorial: *Este contenido fue escrito con la asistencia de un editor de eltransporte.com, basado en información de conocimiento público divulgada a medios de comunicación.





