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Desempleo juvenil pone en riesgo el impacto de la educación como motor de movilidad social en Chile

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La alta desocupación juvenil en Chile pone en riesgo el rol de la educación superior como motor de movilidad social, especialmente para quienes provienen de contextos vulnerables y enfrentan crecientes barreras para acceder a su primer empleo profesional.

Las recientes cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reflejan un escenario preocupante. Mientras miles de jóvenes continúan apostando por la formación académica como herramienta para mejorar sus oportunidades de vida, la tasa de desocupación entre personas de 15 a 24 años alcanzó el 22,8%, el nivel más alto para este período del año si se excluyen los efectos de la pandemia.

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La situación contrasta con el entusiasmo que aún despierta la educación superior. Espacios como la Cumbre de Jóvenes Chile, organizada por la Pontificia Universidad Católica, reunieron recientemente a estudiantes para debatir sobre los desafíos del futuro laboral. Sin embargo, ese optimismo se enfrenta a un mercado de trabajo cada vez más restringido para quienes buscan iniciar su carrera profesional.

Desde Fundación Puente, organización que acompaña a jóvenes de sectores vulnerables en su proceso educativo, destacan que cada ceremonia de titulación representa un importante avance en movilidad social. En la mayoría de los casos, los graduados son los primeros integrantes de sus familias en acceder a estudios superiores, convirtiendo ese logro en un símbolo del impacto que puede generar el esfuerzo personal cuando cuenta con apoyo.

No obstante, obtener un título profesional ya no garantiza el acceso a un empleo acorde con la formación recibida. De acuerdo con un análisis elaborado a partir de la Encuesta Nacional de Empleo del INE, durante el último año desaparecieron cerca de 59 mil empleos formales entre personas de 25 a 34 años, precisamente el segmento donde se concentran quienes ingresan por primera vez al mercado laboral.

El deterioro también afecta a los profesionales con estudios universitarios. Las estadísticas muestran tres trimestres consecutivos de disminución en el empleo formal para este grupo y un incremento de 9,4% en la desocupación durante los últimos doce meses, marcando la novena alza consecutiva y el nivel más elevado de la serie estadística.

Este escenario genera una paradoja: Chile cuenta con una generación con mayores niveles de educación que en décadas anteriores, pero enfrenta un mercado laboral con menos oportunidades, mayor informalidad y crecientes dificultades para la inserción profesional.

Las dificultades no impactan a todos de la misma manera. Las redes de contacto y el capital social continúan siendo factores determinantes para acceder a un empleo. Quienes provienen de familias con mayores conexiones suelen contar con mejores posibilidades de incorporarse al mundo laboral, mientras que los jóvenes de sectores vulnerables dependen principalmente de sus capacidades y méritos.

Además, las condiciones económicas obligan a muchos recién titulados a aceptar cualquier alternativa laboral disponible para contribuir al ingreso de sus hogares. Esta realidad incrementa el riesgo de subempleo, llevando a numerosos profesionales a desempeñarse en cargos que no requieren su nivel de formación o que se encuentran alejados de la carrera que estudiaron.

Diversos estudios advierten que iniciar la vida laboral en condiciones precarias puede generar efectos de largo plazo, como menores ingresos, trayectorias laborales más inestables y una mayor probabilidad de permanecer en la informalidad.

A ello se suma una creciente exigencia por parte de las empresas, donde numerosos cargos de nivel inicial solicitan experiencia previa de uno o dos años, limitando las oportunidades para quienes recién egresan. En un contexto de bajo crecimiento económico, las recomendaciones personales adquieren mayor peso en los procesos de contratación, profundizando las brechas para quienes no cuentan con redes de apoyo.

Frente a este panorama, especialistas plantean que abrir espacios para jóvenes profesionales representa no solo un compromiso con la equidad, sino también una decisión estratégica para fortalecer la productividad del país. Facilitar el acceso al primer empleo permitiría incorporar talento, capacidad de adaptación y resiliencia a las organizaciones.

La educación continúa siendo una de las principales herramientas de movilidad social. Sin embargo, para que ese objetivo se concrete, resulta indispensable que existan oportunidades reales de inserción laboral y que empresas, instituciones y empleadores contribuyan a reducir las barreras que hoy dificultan el ingreso de miles de profesionales al mercado del trabajo.

Nota Editorial: Este contenido fue escrito con la asistencia de un editor de eltransporte.com, basado en información de conocimiento público divulgada a medios de comunicación.

Fuente: biobiochile.cl